De la guerra en el siglo XXI – De la niebla desplazada al retorno de la maniobra.
La historia de la guerra puede leerse como una sucesión de rupturas en el equilibrio entre el fuego, el movimiento, la protección y el tiempo. La aparición de las armas de fuego modificó profundamente la relación del combatiente con la distancia. La ametralladora multiplicó la capacidad de producir fuego y volvió exorbitante el coste de toda concentración de fuerzas al descubierto. El carro de combate introdujo una combinación inédita de movilidad, protección y potencia de fuego. El misil, por último, permitió proyectar efectos destructivos cada vez más lejos, con una precisión que transformó una vez más la relación entre el tirador y su blanco.
Vivimos hoy un nuevo cambio de paradigma. A diferencia de los anteriores, no lo impulsa una plataforma ni un sistema de armas único: es digital. Su característica esencial no consiste solo en permitir ver más lejos, disparar más lejos o automatizar ciertas funciones. Es la velocidad: velocidad para detectar, transmitir, procesar, decidir y golpear, pero sobre todo velocidad para aprender y volver a actuar. La guerra digital comprime el tiempo que separa la percepción del efecto, y esa compresión modifica a su vez la relación entre el fuego y el movimiento.
La guerra de Ucrania ofrece la demostración empírica más nítida. Permite seguir, en tres tiempos, el destino de una noción que se creía superada, la «niebla de la guerra» descrita por Clausewitz hace cerca de dos siglos. La revolución de los sensores no la ha disipado: la ha desplazado del terreno a la mente (primera parte). La inteligencia artificial, llamada en auxilio, podría desplazarla de la mente a la máquina (segunda parte). Queda entonces la pregunta decisiva: ¿cómo volver a maniobrar en un campo de batalla donde casi todo se ve (tercera parte)?
I. La niebla desplazada
La revolución de los sensores ha vuelto transparente el suelo, pero ha devuelto la incertidumbre al cielo.
El triunfo de la transparencia
Desde los primeros meses de la invasión de Ucrania por Rusia, una idea se impuso entre los analistas militares y los observadores del conflicto: el campo de batalla se había vuelto transparente. Drones comerciales equipados con cámaras de alta resolución, constelaciones de satélites privados capaces de actualizar sus imágenes varias veces al día, sensores distribuidos, comunicaciones instantáneas, mapas interactivos y colaborativos: todo parecía haber resuelto uno de los problemas más antiguos de la guerra, el de encontrar al enemigo.
El cuadro resultaba convincente. Una concentración de tropas podía detectarse rápidamente. Un vehículo inmóvil durante demasiado tiempo corría el riesgo de ser localizado y destruido. Una posición de artillería a menudo no sobrevivía más que unos minutos después de abrir fuego. Cada movimiento produce una firma observable, y cada firma puede convertirse en un blanco. Para muchos, era el fin de la niebla de la guerra.
En tierra, en efecto, domina la transparencia. Cada bando conoce con relativa precisión la ubicación de gran parte de las fuerzas adversarias. La dificultad ya no estriba tanto en descubrir los blancos como en sobrevivir después de haber sido descubierto. La observación permanente ha trastocado la economía del combate terrestre: desplazar tropas, agrupar vehículos o preparar una ofensiva se ha vuelto mucho más difícil. Paradójicamente, cuanto mejor ve cada bando, más difícil le resulta maniobrar.
La crisis de la maniobra
La consecuencia más visible de esta transparencia quizá no sea tecnológica, sino operacional. Durante gran parte de la historia militar moderna, velocidad y sorpresa estuvieron estrechamente ligadas. De Napoleón a las ofensivas blindadas del siglo XX, el éxito de la maniobra descansaba en la capacidad de concentrar fuerzas en un punto decisivo antes de que el adversario comprendiera lo que ocurría: crear una superioridad local, romper las líneas de defensa, explotar el éxito antes de cualquier reacción.
Basil Liddell Hart elevó esta lógica a teoría. Su «aproximación indirecta» buscaba evitar los puntos fuertes del enemigo, desorientar su proceso de decisión y obligarlo a reaccionar tarde, en condiciones desfavorables.
La pregunta que plantea Ucrania es incómoda: ¿qué ocurre cuando el adversario puede observar casi todos los movimientos que importan? La observación constante dificulta precisamente aquello que hizo posible la maniobra durante generaciones: reunir hombres, vehículos y abastecimientos sin ser detectado. La aproximación indirecta no desaparece, pero su problema principal cambia de naturaleza. Ya no se trata de encontrar un itinerario inesperado, sino de ocultar la preparación de la maniobra. La velocidad conserva su valor, pero la concentración necesaria para explotarla se ha vuelto extraordinariamente vulnerable.
Ahí reside sin duda una de las causas de la extrema lentitud de los avances territoriales en Ucrania. No se debe únicamente a la potencia defensiva de las armas modernas: la transparencia erosiona las condiciones que, históricamente, hacían posible la maniobra de gran envergadura. Tras más de tres años de guerra, ninguno de los dos bandos ha logrado reproducir campañas de explotación rápida comparables a las grandes ofensivas mecanizadas del siglo XX. Las ganancias existen, pero las más de las veces se cuentan en unos pocos kilómetros, al precio de meses de combates.
Durante dos siglos, la capacidad de desplazarse progresó más deprisa que la capacidad de observar. Podría ser que hoy esté ocurriendo lo contrario. La tecnología no ha suprimido el movimiento: ha reducido la posibilidad de ocultarlo. Si la tendencia se confirma, las doctrinas de maniobra heredadas del siglo XX podrían toparse con límites que sus creadores jamás imaginaron.
En el cielo, el retorno de la incertidumbre
Los desarrollos recientes de la campaña aérea rusa conducen, sin embargo, a otra conclusión. La niebla no ha desaparecido. Simplemente se ha desplazado.
Cuando Rusia lanza ataques combinados que asocian drones Shahed, drones más rápidos, misiles de crucero y misiles balísticos, los operadores de la defensa aérea ven por lo general los contactos en sus radares. El problema no es detectarlos, sino comprenderlos. ¿Qué contacto constituye la amenaza principal? ¿Cuál es un señuelo? ¿Qué sistema de defensa emplear? ¿Cuántos interceptores merece la pena gastar? Cada decisión entraña riesgos y costes.
Tal es una de las paradojas más interesantes de la guerra contemporánea: mientras el combate terrestre conoce un nivel de visibilidad sin precedentes, la guerra aérea vuelve a estar dominada por la incertidumbre. Pero esta niebla no nace de una falta de información: nace de su exceso. Los operadores disponen de más datos que nunca. Lo que les falta es tiempo para procesarlos, interpretarlos y actuar con acierto. La pregunta ya no es «¿qué está pasando?», sino «¿qué es lo que de verdad importa?».
La incertidumbre ya no reside en la observación, sino en la interpretación. La saturación sustituye a la sorpresa, la complejidad sustituye al ocultamiento, y la niebla regresa por un camino inesperado.
Clausewitz en la era de los drones
La principal lección conceptual de Ucrania no es, pues, que la tecnología haya disipado la niebla de la guerra, sino que la ha hecho pasar del terreno físico al terreno cognitivo. Lejos de invalidar las ideas clásicas sobre la guerra, esta constatación las refuerza. Los medios han cambiado; los problemas fundamentales permanecen. La inteligencia artificial promete acelerar los ciclos de decisión, los drones modifican la economía del combate, los satélites militares y comerciales ofrecen una capacidad de observación inimaginable hace veinte años. Pero la fricción permanece, y la incertidumbre también.
Una segunda lección se pierde a menudo en los debates sobre drones, algoritmos y sensores: ninguna de estas tecnologías ocupa el terreno. Los drones observan, los misiles destruyen, las campañas aéreas desgastan las infraestructuras, la economía y la voluntad política. Pero la soberanía sigue dependiendo de fuerzas capaces de ocupar y defender físicamente un espacio geográfico. Ahora bien, la guerra de Ucrania revela un fenómeno llamativo: cuanto más se perfeccionan los sistemas de observación y de ataque, más difícil parece la conquista del terreno, lo que contribuye a congelar los frentes, incluso tras años de combate.
La revolución tecnológica ha transformado profundamente los medios de la guerra; sus fines permanecen asombrosamente intactos. Dos siglos después de Clausewitz, seguimos hablando de niebla, de fricción y de maniobra, pero en un campo de batalla donde casi todo puede ser observado. La pregunta decisiva quizá ya no sea cómo encontrar al enemigo ni cómo destruirlo. Es doble: cómo decidir cuando se ve demasiado, y cómo maniobrar cuando ambos bandos se ven casi permanentemente.
II. La niebla delegada
Cuando la inteligencia artificial entra en el ciclo de decisión.
Ver no es matar
Cuanto más vemos, más información tenemos que procesar. Ya no se trata de ignorar lo que ocurre: corremos el riesgo de no tener tiempo de comprenderlo y de decidir qué hacer. La primera parte descansaba, no obstante, en una hipótesis implícita: pese al volumen creciente de información, la decisión seguiría siendo esencialmente humana. Esa hipótesis está hoy en entredicho.
Antes de seguir adelante, conviene recordar una evidencia que se pierde de vista con facilidad: el fin de la guerra no es matar al adversario, sino llevarlo a dejar de combatir. La destrucción de sus fuerzas es un medio al servicio de ese fin, no el objetivo en sí. Esta distinción se vuelve capital desde el momento en que la inteligencia artificial participa en el ciclo de decisión. Una máquina puede ser de una eficacia extraordinaria para identificar y batir blancos sin que esa eficacia sirva necesariamente a la finalidad política y militar de la guerra.
Una misión de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR) relativamente sencilla puede producir una cantidad considerable de información. Un dron observa, otro cubre un sector distinto, un tercero sigue un blanco, un cuarto transmite imágenes. Sistemas de inteligencia artificial clasifican los objetos, descartan la información sin interés y señalan al operador lo que consideran importante.
Hasta ahí, la automatización parece casi inevitable. Dejar que una máquina navegue, estabilice una cámara, identifique un vehículo o señale un movimiento sospechoso no plantea ninguna dificultad conceptual mayor: el humano conserva la decisión fundamental. Pero el número de plataformas capaces de operar simultáneamente aumenta, y con él el volumen de información y de decisiones que hay que tomar. El problema comienza cuando la máquina deja de ayudar al humano a decidir y empieza a decidir en su lugar.
Del asistente al operador
La evolución puede parecer mínima; conceptualmente, es considerable. La máquina nos ayuda primero a ver, luego a interpretar, luego a decidir. Por último, puede actuar. Cada etapa alivia la carga cognitiva del operador, y cada etapa acrecienta la tentación de delegar.
Reaparece aquí uno de los fenómenos mejor conocidos de la interacción hombre-máquina: el sesgo de automatización. Cuando una máquina demuestra una precisión suficiente, el operador acaba por fiarse de su recomendación, incluso cuando tendría motivos para dudar de ella. La paradoja es evidente: se introduce la IA para reducir el error humano, y se crea una nueva categoría de error, el exceso de confianza en la máquina.
Mientras el resultado se limite a un error de clasificación en una imagen ISR, las consecuencias pueden ser graves, pero subsiste una salvaguarda: la decisión final sigue siendo humana. El problema cambia radicalmente de naturaleza cuando esa salvaguarda desaparece.
La frontera: la decisión de matar
Un sistema puede recibir una misión relativamente sencilla: buscar blancos precisos en una zona determinada. La IA sabe reconocerlos, clasificarlos y transmitir su posición. Pero existe una diferencia fundamental entre «he encontrado un blanco» y «he decidido que ese blanco debe morir». La segunda decisión entraña una dimensión que no se reduce al reconocimiento de formas.
Un combatiente es un blanco legítimo mientras participe directamente en las hostilidades. Pero esa situación puede cambiar: puede abandonar su arma, rendirse, quedar fuera de combate. Pueden entrar civiles en la zona; la situación táctica en torno al blanco puede evolucionar.
Hay ahí una paradoja que una máquina debería ser capaz de comprender: la rendición del adversario no es un fracaso de la acción militar, sino precisamente uno de sus objetivos. El combatiente que deja de luchar porque se rinde produce, desde el punto de vista de la fuerza que busca imponer su voluntad, el resultado mismo que la guerra perseguía.
Un ser humano interpreta esa transición en un contexto mucho más amplio. Para un sistema autónomo cuya misión es detectar y neutralizar blancos, la dificultad consiste en reconocer que aquello que debía atacar ha dejado de ser, en una fracción de segundo, un blanco legítimo. La cuestión ya no es solo, por tanto, si la inteligencia artificial puede identificar correctamente a un combatiente, sino si puede reconocer que las condiciones que hacían legítimo el ataque acaban de desaparecer. La máquina puede haber calificado correctamente la situación un instante antes, y la decisión ejecutada al instante siguiente puede, sin embargo, ser errónea.
La velocidad, nuevo problema
Surge entonces una paradoja particularmente incómoda. Cuanto más rápido es el sistema, menos tiempo tiene el humano para intervenir. Y cuanto menos tiempo tiene para intervenir, más crucial se vuelve la capacidad del sistema para interpretar correctamente el contexto.
La tecnología busca comprimir el ciclo de decisión. Pero la guerra no siempre presenta decisiones simples, que puedan comprimirse sin perder información esencial. Una imagen se procesa en unos milisegundos; una situación humana, no necesariamente.
De ahí una pregunta que la tecnología aún no ha resuelto: ¿puede una máquina reconocer que entre dos imágenes prácticamente idénticas se ha producido un acontecimiento que cambia por completo su sentido? Un hombre que porta un arma y un hombre que acaba de arrojarla ocupan más o menos el mismo espacio en la imagen. En derecho, no constituyen necesariamente el mismo blanco.
De los enjambres a las reglas de comportamiento
El problema se agrava aún más con los enjambres. Puede debatirse el grado de control que un operador ejerce sobre varios drones, pero ese debate pierde buena parte de su sentido cuando se trata de cientos, de miles e incluso, a la larga, de decenas de miles de plataformas.
Unos pocos drones, el operador los controla. Unas decenas, los supervisa. Con cientos, depende en gran medida de la automatización. Con miles, probablemente ya no controla ninguna plataforma en particular: controla reglas de comportamiento.
Esta distinción es fundamental. El operador fija una misión, una zona, unos parámetros de búsqueda y unas restricciones. A partir de ahí, las máquinas toman un número considerable de decisiones intermedias. Ya no es una persona que controla numerosos drones: es una persona que dirige un sistema compuesto por numerosos agentes autónomos.
El volumen de las decisiones
La guerra moderna no produce solo más armas. Produce más decisiones. Cada sensor genera información, cada contacto exige una clasificación, cada clasificación puede exigir una respuesta, y cada respuesta engendra nuevas observaciones. La saturación no es, pues, únicamente física: es cognitiva.
Puede llegar un momento en que el volumen de las decisiones sea tal que la delegación deje de ser una opción doctrinal para convertirse en una necesidad operacional. Ese es quizá el verdadero motor de la autonomía: no la búsqueda de una máquina capaz de reemplazar al combatiente, sino la imposibilidad práctica, para un ser humano, de procesar uno por uno todos los elementos que el propio sistema tecnológico ha producido.
Una niebla entre nosotros y nuestras máquinas
La tesis de la primera parte adquiere aquí una dimensión nueva. La transparencia del campo de batalla ha producido un exceso de información, que ha hecho deslizarse la niebla de la observación hacia la interpretación. La inteligencia artificial parece ofrecer una respuesta a esa saturación, pero abre al mismo tiempo una posibilidad inédita: delegar la interpretación y, después, delegar la decisión.
La niebla podría así desplazarse una vez más. Ya no se extendería únicamente entre nosotros y el enemigo: podría instalarse entre nosotros y nuestras propias máquinas. Un jefe conoce la misión que ha ordenado, los parámetros que ha fijado, los blancos que el sistema debía buscar. Pero cuando miles de plataformas toman simultáneamente miles de decisiones, ¿qué parte de lo que ocurre en el campo de batalla puede comprender todavía en detalle quien las manda?
Cada solución tecnológica crea así un problema nuevo. Ver más produce más información. Procesar más produce más decisiones. Decidir más deprisa reduce el tiempo disponible para controlar esas decisiones. Y delegar alivia la carga cognitiva del hombre a la vez que acrecienta su dependencia de lo que la máquina ha decidido.
La verdadera frontera de la autonomía militar quizá no sea saber si una máquina puede volar sola, navegar sola o reconocer un blanco. Es el momento en que puede decidir por sí sola que un ser humano debe ser atacado. Llegados a ese punto, la cuestión deja de ser tecnológica. Ya no se trata de saber si la máquina es capaz de ello, sino qué parte del juicio humano estamos dispuestos a abandonar para permitírselo.
Dos interrogantes definirán sin duda una parte importante de la guerra en el siglo XXI. Cuando el volumen de información y de decisiones exceda la capacidad humana de procesarlas, ¿seguirá siendo la autonomía una herramienta que empleamos, o se convertirá en una condición de la guerra que acabaremos por aceptar? ¿Y puede una IA comprender que el objetivo de la guerra se ha alcanzado y que, por tanto, debe dejar de atacar?
La niebla no ha desaparecido. Primero pasó del campo de batalla a la mente. Ahora podría pasar de la mente a la máquina.
III. El retorno de la maniobra
El campo de batalla digital quizá no haya matado la maniobra: nos obliga a reinventarla.
El espejismo de una guerra sin maniobra
Si la concentración se vuelve demasiado vulnerable, la respuesta racional es la dispersión. Si permanecer visible equivale a ser atacado, las fuerzas procuran reducir sus firmas, fraccionarse, ocultar sus movimientos y limitar su tiempo de exposición. El resultado es un frente estático, ganancias territoriales modestas y un derroche de tecnología para producir movimientos relativamente escasos.
Cabría concluir que estamos ante una especie de «Sin novedad en el frente 2.0»: una guerra de trincheras altamente digitalizada, donde los sensores sustituyen a los centinelas, los drones a las patrullas de reconocimiento, y donde unos algoritmos procesan la información que antes llegaba por otras vías.
Hacer de esa instantánea una predicción sobre el futuro de la guerra sería, sin embargo, un error. La guerra de trincheras no era el destino de la guerra industrial. Era el resultado de un desequilibrio tecnológico particular, en un momento particular. Y ese desequilibrio no cambió solo las armas: afectó a algo más profundo en la institución militar, la doctrina. Podría ocurrir lo mismo hoy.
El problema no es el riesgo
Hay otra premisa que merece ser cuestionada. Buena parte del debate actual sobre el futuro del combate blindado descansa en un postulado implícito de riesgo cero: puesto que un vehículo puede ser detectado y destruido por un dron, un misil o un arma contracarro, emplearlo ya no sería racional.
Ahora bien, el riesgo cero nunca ha existido en la guerra. Los soldados podían morir, los buques hundirse, los aviones ser derribados. Los carros podían ser destruidos por otros carros, por la artillería, por las minas o por las armas contracarro. La cuestión militar nunca ha sido eliminar el riesgo, sino hacer que el riesgo asumido resulte aceptable a la luz del efecto militar que se espera a cambio.
La cuestión no es, pues, si una plataforma puede ser destruida. Es si una fuerza puede emplearla y sobrevivir el tiempo suficiente para producir el efecto militar buscado.
Es ahí donde la guerra digital lanza su desafío más serio. Durante una fase de la evolución tecnológica, la capacidad de observar y de golpear progresó más deprisa que la capacidad de proteger y desplazar las fuerzas. La ecuación del riesgo quedó desequilibrada: la concentración se volvió demasiado peligrosa, la maniobra demasiado costosa, y la defensa adquirió una ventaja considerable. Pero los desequilibrios tecnológicos rara vez son permanentes.
La MLV y la reconstrucción de la capacidad de supervivencia
La respuesta empieza a perfilarse en varios niveles. Tiene que ver con la velocidad de aprendizaje militar (Military Learning Velocity, MLV). La MLV no debe entenderse como un simple medio de hacer los blindados más resistentes a los drones. Es, en un sentido más amplio, el proceso por el cual las plataformas y las unidades adquieren las capacidades nuevas que les permiten volver a operar en un campo de batalla cada vez más observado y cada vez más rápido.
Para un carro, puede tratarse de sistemas de protección activa capaces de detectar e interceptar ciertas amenazas antes de que alcancen la plataforma. La evolución de sistemas como el Arena ilustra esa orientación: aumentar la capacidad orgánica de la propia unidad para detectar las amenazas y responder a ellas, cuando antes dependía más de capas de protección exteriores.
Pero esa no es más que una capa. Una formación blindada puede integrar también guerra electrónica, sensores, medios de lucha contra drones y defensa antiaérea de corto alcance. Sistemas como el Gepard o el Shilka adquieren entonces una importancia que trasciende la plataforma aislada: integrados en una formación, contribuyen a construir una nueva arquitectura de protección en torno a las unidades que deben desplazarse.
El objetivo no es construir un blindado invulnerable. Es construir una formación capaz de sobrevivir. La capacidad de supervivencia deja de ser propiedad de una plataforma para convertirse en propiedad del sistema. Carros, infantería, sensores, guerra electrónica, defensa antiaérea, drones, fuegos y sistemas de mando y control forman las capas de una misma arquitectura. Cada una reduce una parte del riesgo; ninguna elimina la amenaza. Pero su efecto acumulado puede devolver el riesgo a un nivel aceptable en el plano operacional.
Dos velocidades de adaptación
La evolución tecnológica no avanza al mismo ritmo para todas las plataformas, y hay una razón para ello.
Los drones se han beneficiado de una ventaja particular: en gran medida, crearon su propio nicho de desarrollo. No partían de una plataforma tripulada concebida décadas antes. No tenían tripulación que proteger. Escapaban a los compromisos históricos entre masa, blindaje, potencia, movilidad, ergonomía y logística que caracterizan a los vehículos de combate tripulados, así como al peso de una doctrina establecida. Su desarrollo pudo ser, por tanto, extraordinariamente iterativo: aparecía una amenaza, el diseño cambiaba; aparecía una contramedida, volvía a cambiar, y el ciclo se repetía a una velocidad notable.
Los blindados se encuentran en otra situación. Su evolución actual consiste, en lo esencial, en adaptar plataformas existentes a un entorno para el que no habían sido concebidas. Se les añaden sensores, sistemas de protección activa, capacidades de guerra electrónica, medios antidrones; se procura reducir sus firmas. Al mismo tiempo, se estudia y se elabora una nueva doctrina de empleo.
Pero cada modificación tiene un coste: más masa, más consumo de energía y más complejidad, con nuevas dificultades de mantenimiento, de logística y de movilidad. La acumulación de añadidos sobre una plataforma existente acaba por alcanzar sus límites. Se abre entonces la perspectiva de una transformación más profunda: una nueva generación de plataformas cuya arquitectura esté pensada desde el origen para el campo de batalla digital. La MLV dejaría de ser un conjunto de capacidades injertadas en una plataforma heredada para convertirse en un principio de diseño.
Del blindado al sistema de combate
Con ello cambia la manera de pensar el blindado. El carro del mañana no será necesariamente un carro mejor protegido. Será una plataforma integrada en una arquitectura mucho más vasta, cuya capacidad de supervivencia dependerá de lo que sepa hacer por sí sola, pero también de lo que pueda recibir, coordinar y compartir con otros sistemas.
El problema ya no será solo evitar ser alcanzado. Será reducir la probabilidad de que se complete toda la cadena que lleva de la detección a la destrucción. Ser detectado no debe significar automáticamente ser identificado. Ser identificado no debe significar ser seguido. Ser seguido no debe significar ser atacado. Y ser atacado no debe significar ser destruido. Entre cada una de esas etapas pueden intercalarse nuevas capas de protección, de decepción, de perturbación, de velocidad y de decisión.
La guerra digital no elimina el riesgo. Multiplica los lugares donde puede ser controlado.
Hacer de nuevo posible la maniobra
La maniobra no ha desaparecido porque haya dejado de ser necesaria. Se ha vuelto, temporalmente, demasiado peligrosa. Ahora bien, como se ha visto, ni los sensores, ni los drones, ni los misiles, ni la inteligencia artificial ocupan el terreno. Mientras la guerra consista en controlar físicamente un territorio, alguien tendrá que ocuparlo, defenderlo y, llegado el caso, arrebatárselo al adversario. La guerra terrestre necesita el movimiento.
El problema estratégico del siglo XXI no es, pues, saber si la maniobra sobrevivirá. Es reconstruir las condiciones que permiten ejecutarla.
De ahí nace una nueva paradoja: la revolución tecnológica que volvió la concentración excesivamente visible podría proporcionar también las herramientas que la harán de nuevo posible. Los sensores propios mejoran la comprensión del entorno. La inteligencia artificial procesa volúmenes de información que superan las capacidades humanas. La guerra electrónica degrada los sensores adversarios. La lucha contra drones reduce la amenaza de las plataformas de bajo coste. Los sistemas de protección activa aumentan la capacidad de supervivencia de las plataformas y la defensa antiaérea de corto alcance protege la formación. Los señuelos y la decepción crean incertidumbre, la dispersión reduce la vulnerabilidad, y la velocidad permite concentrar las fuerzas solo el tiempo necesario para producir un efecto, antes de que el adversario pueda reaccionar.
La maniobra del mañana no será forzosamente la del siglo XX. Será una maniobra concebida para existir en un campo de batalla que nunca volverá a ser invisible.
Velocidad, concentración y niebla
Durante siglos, la maniobra descansó en tres elementos fundamentales: la velocidad, la concentración y la sorpresa. La guerra digital no abole esos principios: los transforma.
La velocidad ya no es solo la de un vehículo. Es la del sistema en su conjunto: la capacidad de detectar, comprender y actuar antes que el adversario.
La concentración ya no consiste necesariamente en reunir durante mucho tiempo grandes masas de fuerzas. Puede consistir en concentrar efectos durante lapsos muy breves, para crear una superioridad local antes de volver a dispersarse.
En cuanto a la sorpresa, no exige que el adversario no vea nada. Puede residir en que vea sin comprender: que reciba una información exacta y extraiga de ella, sin embargo, una interpretación falsa; que sus sensores funcionen pero su sistema de decisión sea demasiado lento; que sepa dónde estamos sin poder determinar cuál de nuestras múltiples acciones constituye la amenaza real.
La niebla de la guerra se transforma, pues, una última vez. Tras haber sido padecida, puede ser producida deliberadamente y convertirse en un instrumento de la maniobra.
Conclusión: el retorno
La historia militar no avanza aboliendo el pasado: lo transforma. Las armas de fuego no suprimieron la necesidad del movimiento. La ametralladora no suprimió la ofensiva. El carro no suprimió la defensa. El misil no suprimió la necesidad de ocupar el terreno. Cada revolución modificó las condiciones en las que esas funciones podían ejercerse. La era digital hace lo mismo.
Durante un tiempo, la revolución de los sensores creó un desequilibrio favorable a la defensa y volvió la concentración extremadamente costosa. La respuesta tecnológica empieza a corregir ese desequilibrio, no para alcanzar un riesgo cero que nunca ha existido, sino para restablecer un nivel de riesgo que haga de nuevo aceptable el movimiento.
Cuando el riesgo de permanecer inmóvil supere al de desplazarse, la maniobra volverá. No será un regreso al pasado, sino la consecuencia natural de un nuevo equilibrio tecnológico, porque la guerra no puede permanecer indefinidamente en un estado en el que todos pueden ver, todos pueden golpear y nadie puede avanzar.
La maniobra no necesita que el campo de batalla vuelva a ser invisible. Necesita fuerzas capaces de sobrevivir el tiempo suficiente para atravesarlo.
Ese es quizá el verdadero cambio de paradigma de la guerra en el siglo XXI: no la desaparición de la maniobra, sino su adaptación a un campo de batalla definido por la velocidad.
L’histoire de la guerre peut se lire comme une succession de ruptures dans l’équilibre entre le feu, le mouvement, la protection et le temps. L’apparition des armes à feu a profondément modifié le rapport du combattant à la distance. La mitrailleuse a démultiplié la capacité à produire du feu et rendu exorbitant le coût de toute concentration de forces à découvert. Le char a introduit une combinaison inédite de mobilité, de protection et de puissance de feu. Le missile, enfin, a permis de projeter des effets destructeurs toujours plus loin, avec une précision qui a transformé une fois encore la relation entre le tireur et sa cible.
Nous vivons aujourd’hui un nouveau changement de paradigme. À la différence des précédents, il n’est pas porté par une plateforme ou un système d’armes unique : il est numérique. Sa caractéristique essentielle n’est pas seulement de permettre de voir plus loin, de tirer plus loin ou d’automatiser certaines fonctions. C’est la vitesse : vitesse pour détecter, transmettre, traiter, décider et frapper, mais surtout vitesse pour apprendre et agir de nouveau. La guerre numérique comprime le temps qui sépare la perception de l’effet, et cette compression modifie à son tour le rapport entre le feu et le mouvement.
La guerre en Ukraine en offre la démonstration empirique la plus nette. Elle permet de suivre, en trois temps, le destin d’une notion que l’on croyait dépassée, le « brouillard de la guerre » décrit par Clausewitz il y a près de deux siècles. La révolution des capteurs ne l’a pas dissipé : elle l’a déplacé du terrain vers l’esprit (première partie). L’intelligence artificielle, appelée à la rescousse, pourrait le déplacer de l’esprit vers la machine (deuxième partie). Reste alors la question décisive : comment manœuvrer de nouveau sur un champ de bataille où presque tout se voit (troisième partie) ?
I. Le brouillard déplacé
La révolution des capteurs a rendu le sol transparent, mais elle a ramené l’incertitude dans le ciel.
Le triomphe de la transparence
Dès les premiers mois de l’invasion de l’Ukraine par la Russie, une idée s’est imposée parmi les analystes militaires et les observateurs du conflit : le champ de bataille était devenu transparent. Drones commerciaux équipés de caméras à haute résolution, constellations de satellites privés capables d’actualiser leurs images plusieurs fois par jour, capteurs distribués, communications instantanées, cartes interactives et collaboratives : tout semblait avoir résolu l’un des plus vieux problèmes de la guerre, celui de trouver l’ennemi.
Le tableau était convaincant. Une concentration de troupes pouvait être détectée rapidement. Un véhicule immobile trop longtemps risquait d’être localisé et détruit. Une position d’artillerie ne survivait souvent que quelques minutes après avoir ouvert le feu. Chaque mouvement produit une signature observable, et chaque signature peut devenir une cible. Pour beaucoup, c’était la fin du brouillard de la guerre.
Au sol, de fait, la transparence domine. Chaque camp connaît avec une précision relative l’emplacement d’une grande partie des forces adverses. La difficulté n’est plus tant de découvrir les cibles que de survivre après avoir été découvert. L’observation permanente a bouleversé l’économie du combat terrestre : déplacer des troupes, regrouper des véhicules ou préparer une offensive est devenu beaucoup plus difficile. Paradoxalement, mieux chaque camp voit, plus il lui est difficile de manœuvrer.
La crise de la manœuvre
La conséquence la plus visible de cette transparence n’est peut-être pas technologique, mais opérationnelle. Pendant une grande partie de l’histoire militaire moderne, vitesse et surprise ont été étroitement liées. De Napoléon aux offensives blindées du XXᵉ siècle, le succès de la manœuvre reposait sur la capacité à concentrer des forces en un point décisif avant que l’adversaire ne comprenne ce qui se passait : créer une supériorité locale, rompre les lignes de défense, exploiter le succès avant toute réaction.
Basil Liddell Hart a érigé cette logique en théorie. Son « approche indirecte » visait à éviter les points forts de l’ennemi, à désorienter son processus de décision et à le contraindre à réagir tard, dans des conditions défavorables.
La question que pose l’Ukraine est dérangeante : que se passe-t-il lorsque l’adversaire peut observer presque tous les mouvements qui comptent ? L’observation constante rend difficile précisément ce qui a permis la manœuvre pendant des générations : rassembler des hommes, des véhicules et des approvisionnements sans être repéré. L’approche indirecte ne disparaît pas, mais son problème principal change de nature. Il ne s’agit plus de trouver un itinéraire inattendu, il s’agit de dissimuler la préparation de la manœuvre. La vitesse garde sa valeur, mais la concentration nécessaire pour l’exploiter est devenue extraordinairement vulnérable.
Là réside sans doute l’une des causes de l’extrême lenteur des avancées territoriales en Ukraine. Elle ne tient pas seulement à la puissance défensive des armes modernes : la transparence érode les conditions qui, historiquement, rendaient possible la manœuvre de grande ampleur. Après plus de trois ans de guerre, aucun des deux camps n’est parvenu à reproduire des campagnes d’exploitation rapide comparables aux grandes offensives mécanisées du XXᵉ siècle. Les gains existent, mais ils se comptent le plus souvent en quelques kilomètres, au prix de mois de combats.
Pendant deux siècles, la capacité à se déplacer a progressé plus vite que la capacité à observer. Il se pourrait que l’inverse se produise aujourd’hui. La technologie n’a pas supprimé le mouvement : elle a réduit la possibilité de le cacher. Si la tendance se confirme, les doctrines de manœuvre héritées du XXᵉ siècle pourraient se heurter à des limites que leurs concepteurs n’avaient jamais imaginées.
Dans le ciel, le retour de l’incertitude
Les développements récents de la campagne aérienne russe conduisent pourtant à une autre conclusion. Le brouillard n’a pas disparu. Il s’est simplement déplacé.
Lorsque la Russie lance des attaques combinées associant drones Shahed, drones plus rapides, missiles de croisière et missiles balistiques, les opérateurs de la défense aérienne voient généralement les contacts sur leurs radars. Le problème n’est pas de les détecter, mais de les comprendre. Quel contact constitue la menace principale ? Lequel est un leurre ? Quel système de défense employer ? Combien d’intercepteurs vaut-il la peine de dépenser ? Chaque décision comporte des risques et des coûts.
Tel est l’un des paradoxes les plus intéressants de la guerre contemporaine : alors que le combat terrestre connaît un niveau de visibilité sans précédent, la guerre aérienne est de nouveau dominée par l’incertitude. Mais ce brouillard-là ne naît pas d’un manque d’information : il naît de son excès. Les opérateurs disposent de plus de données que jamais. Ce qui leur manque, c’est le temps de les traiter, de les interpréter et d’agir à bon escient. La question n’est plus « que se passe-t-il ? », mais « qu’est-ce qui compte vraiment ? ».
L’incertitude ne réside plus dans l’observation, mais dans l’interprétation. La saturation remplace la surprise, la complexité remplace la dissimulation, et le brouillard revient par un chemin inattendu.
Clausewitz à l’ère des drones
La principale leçon conceptuelle de l’Ukraine n’est donc pas que la technologie aurait dissipé le brouillard de la guerre, mais qu’elle l’a fait passer du terrain physique au terrain cognitif. Loin d’invalider les idées classiques sur la guerre, ce constat les conforte. Les moyens ont changé, les problèmes fondamentaux demeurent. L’intelligence artificielle promet d’accélérer les cycles de décision, les drones modifient l’économie du combat, les satellites militaires et commerciaux offrent une capacité d’observation inimaginable il y a vingt ans. Mais la friction demeure, et l’incertitude aussi.
Une seconde leçon se perd souvent dans les débats sur les drones, les algorithmes et les capteurs : aucune de ces technologies n’occupe le terrain. Les drones observent, les missiles détruisent, les campagnes aériennes usent les infrastructures, l’économie et la volonté politique. Mais la souveraineté continue de dépendre de forces capables d’occuper et de défendre physiquement un espace géographique. Or la guerre en Ukraine révèle un phénomène frappant : plus les systèmes d’observation et de frappe se perfectionnent, plus la conquête du terrain paraît difficile, ce qui contribue à figer les fronts, même après des années de combat.
La révolution technologique a profondément transformé les moyens de la guerre ; ses fins restent étonnamment intactes. Deux siècles après Clausewitz, nous discutons toujours de brouillard, de friction et de manœuvre, mais sur un champ de bataille où presque tout peut être observé. La question décisive n’est peut-être plus de savoir comment trouver l’ennemi, ni comment le détruire. Elle est double : comment décider lorsque l’on voit trop, et comment manœuvrer lorsque les deux camps se voient presque en permanence.
II. Le brouillard délégué
Quand l’intelligence artificielle entre dans le cycle de décision.
Voir n’est pas tuer
Plus nous voyons, plus nous avons d’informations à traiter. Il ne s’agit plus d’ignorer ce qui se passe : nous risquons de ne pas avoir le temps de le comprendre et de décider quoi faire. La première partie reposait toutefois sur une hypothèse implicite : malgré le volume croissant d’informations, la décision resterait pour l’essentiel humaine. Cette hypothèse est aujourd’hui remise en cause.
Avant d’aller plus loin, il faut rappeler une évidence que l’on perd facilement de vue : le but de la guerre n’est pas de tuer l’adversaire, mais de l’amener à cesser de combattre. La destruction de ses forces est un moyen au service de cette fin, non l’objectif lui-même. Cette distinction devient capitale dès lors que l’intelligence artificielle prend part au cycle de décision. Une machine peut être d’une efficacité extraordinaire pour identifier et traiter des cibles sans que cette efficacité serve nécessairement la finalité politique et militaire de la guerre.
Une mission de renseignement, surveillance et reconnaissance (ISR) relativement simple peut produire une quantité considérable d’informations. Un drone observe, un autre couvre un secteur différent, un troisième suit une cible, un quatrième transmet des images. Des systèmes d’intelligence artificielle classent les objets, écartent les informations sans intérêt et signalent à l’opérateur ce qu’ils jugent important.
Jusque-là, l’automatisation paraît presque inévitable. Laisser une machine naviguer, stabiliser une caméra, identifier un véhicule ou signaler un mouvement suspect ne pose pas de difficulté conceptuelle majeure : l’humain conserve la décision fondamentale. Mais le nombre de plateformes capables d’opérer simultanément augmente, et avec lui le volume d’informations et de décisions à prendre. Le problème commence lorsque la machine cesse d’aider l’humain à décider et se met à décider à sa place.
De l’assistant à l’opérateur
L’évolution peut sembler minime ; conceptuellement, elle est considérable. La machine nous aide d’abord à voir, puis à interpréter, puis à décider. Enfin, elle peut agir. Chaque étape allège la charge cognitive de l’opérateur, et chaque étape accroît la tentation de déléguer.
On retrouve ici l’un des phénomènes les mieux connus de l’interaction homme-machine : le biais d’automatisation. Lorsqu’une machine fait preuve d’une précision suffisante, l’opérateur finit par se fier à sa recommandation, même quand il aurait des raisons d’en douter. Le paradoxe est évident : on introduit l’IA pour réduire l’erreur humaine, et l’on crée une nouvelle catégorie d’erreur, l’excès de confiance dans la machine.
Tant que le résultat se limite à une erreur de classification sur une image ISR, les conséquences peuvent être graves, mais un garde-fou subsiste : la décision finale reste humaine. Le problème change radicalement de nature lorsque ce garde-fou disparaît.
La frontière : la décision de tuer
Un système peut recevoir une mission relativement simple : rechercher des cibles précises dans une zone donnée. L’IA sait les reconnaître, les classer et transmettre leur position. Mais il existe une différence fondamentale entre « j’ai trouvé une cible » et « j’ai décidé que cette cible devait mourir ». La seconde décision comporte une dimension qui ne se réduit pas à la reconnaissance de formes.
Un combattant est une cible légitime tant qu’il participe directement aux hostilités. Or cette situation peut changer : il peut abandonner son arme, se rendre, se trouver hors de combat. Des civils peuvent pénétrer dans la zone, la situation tactique autour de la cible peut évoluer.
Il y a là un paradoxe qu’une machine devrait être capable de comprendre : la reddition de l’adversaire n’est pas un échec de l’action militaire, elle en est précisément l’un des objectifs. Le combattant qui cesse de se battre parce qu’il se rend produit, du point de vue de la force qui cherche à imposer sa volonté, le résultat même que la guerre visait.
Un être humain interprète cette transition dans un contexte beaucoup plus large. Pour un système autonome dont la mission est de détecter et de neutraliser des cibles, la difficulté est de reconnaître que ce qu’il devait attaquer a cessé, en une fraction de seconde, d’être une cible légitime. La question n’est donc plus seulement de savoir si l’intelligence artificielle peut identifier correctement un combattant, mais si elle peut reconnaître que les conditions qui rendaient l’attaque légitime viennent de disparaître. La machine peut avoir correctement qualifié la situation un instant plus tôt, et la décision exécutée l’instant d’après peut néanmoins être fautive.
La vitesse, nouveau problème
Un paradoxe particulièrement inconfortable apparaît alors. Plus le système est rapide, moins l’humain a de temps pour intervenir. Et moins il a de temps pour intervenir, plus la capacité du système à interpréter correctement le contexte devient cruciale.
La technologie cherche à comprimer le cycle de décision. Mais la guerre ne présente pas toujours des décisions simples, que l’on pourrait comprimer sans perdre d’information essentielle. Une image se traite en quelques millisecondes ; une situation humaine, pas nécessairement.
D’où une question que la technologie n’a pas encore résolue : une machine peut-elle reconnaître qu’entre deux images pratiquement identiques s’est produit un événement qui en change complètement le sens ? Un homme qui porte une arme et un homme qui vient de la jeter occupent à peu près le même espace dans l’image. En droit, ils ne constituent pas nécessairement la même cible.
Des essaims aux règles de comportement
Le problème s’aggrave encore avec les essaims. On peut débattre du degré de contrôle qu’un opérateur exerce sur plusieurs drones, mais ce débat perd beaucoup de son sens lorsqu’il s’agit de centaines, de milliers, voire à terme de dizaines de milliers de plateformes.
Quelques drones, l’opérateur les contrôle. Quelques dizaines, il les supervise. Avec des centaines, il dépend largement de l’automatisation. Avec des milliers, il ne contrôle sans doute plus aucune plateforme en particulier : il contrôle des règles de comportement.
Cette distinction est fondamentale. L’opérateur fixe une mission, une zone, des paramètres de recherche et des restrictions. À partir de là, les machines prennent un nombre considérable de décisions intermédiaires. Ce n’est plus une personne qui contrôle de nombreux drones : c’est une personne qui dirige un système composé de nombreux agents autonomes.
Le volume des décisions
La guerre moderne ne produit pas seulement davantage d’armes. Elle produit davantage de décisions. Chaque capteur génère de l’information, chaque contact appelle une classification, chaque classification peut appeler une réponse, et chaque réponse engendre de nouvelles observations. La saturation n’est donc pas seulement physique : elle est cognitive.
Il peut arriver un moment où le volume des décisions devient tel que la délégation cesse d’être un choix doctrinal pour devenir une nécessité opérationnelle. Tel est peut-être le véritable moteur de l’autonomie : non pas la recherche d’une machine capable de remplacer le combattant, mais l’impossibilité pratique, pour un être humain, de traiter un par un tous les éléments que le système technologique a lui-même produits.
Un brouillard entre nous et nos machines
La thèse de la première partie prend ici une dimension nouvelle. La transparence du champ de bataille a produit un excès d’information, qui a fait glisser le brouillard de l’observation vers l’interprétation. L’intelligence artificielle semble offrir une réponse à cette saturation, mais elle ouvre du même coup une possibilité inédite : déléguer l’interprétation, puis déléguer la décision.
Le brouillard pourrait ainsi se déplacer une fois encore. Il ne s’étendrait plus seulement entre nous et l’ennemi : il pourrait s’installer entre nous et nos propres machines. Un chef connaît la mission qu’il a ordonnée, les paramètres qu’il a fixés, les cibles que le système devait rechercher. Mais lorsque des milliers de plateformes prennent simultanément des milliers de décisions, quelle part de ce qui se passe sur le champ de bataille celui qui les commande peut-il encore comprendre dans le détail ?
Chaque solution technologique crée ainsi un problème nouveau. Voir davantage produit davantage d’information. Traiter davantage produit davantage de décisions. Décider plus vite réduit le temps disponible pour contrôler ces décisions. Et déléguer allège la charge cognitive de l’homme tout en accroissant sa dépendance à l’égard de ce que la machine a décidé.
La véritable frontière de l’autonomie militaire n’est peut-être pas de savoir si une machine peut voler seule, naviguer seule ou reconnaître une cible. C’est le moment où elle peut décider seule qu’un être humain doit être attaqué. À ce stade, la question n’est plus technologique. Il ne s’agit plus de savoir si la machine en est capable, mais quelle part du jugement humain nous sommes prêts à abandonner pour le lui permettre.
Deux interrogations définiront sans doute une part importante de la guerre au XXIᵉ siècle. Lorsque le volume des informations et des décisions excède la capacité humaine à les traiter, l’autonomie restera-t-elle un outil que nous employons, ou deviendra-t-elle une condition de la guerre que nous finirons par accepter ? Et une IA peut-elle comprendre que l’objectif de la guerre est atteint, donc qu’elle doit cesser d’attaquer ?
Le brouillard n’a pas disparu. Il est d’abord passé du champ de bataille à l’esprit. Il pourrait désormais passer de l’esprit à la machine.
III. Le retour de la manœuvre
Le champ de bataille numérique n’a peut-être pas tué la manœuvre : il nous oblige à la réinventer.
Le mirage d’une guerre sans manœuvre
Si la concentration devient trop vulnérable, la réponse rationnelle est la dispersion. Si rester visible revient à être attaqué, les forces cherchent à réduire leurs signatures, à se fractionner, à dissimuler leurs mouvements et à limiter leur temps d’exposition. Il en résulte un front statique, des gains territoriaux modestes et une débauche de technologie pour produire des mouvements relativement faibles.
On pourrait en conclure à une sorte d’« À l’Ouest, rien de nouveau 2.0 » : une guerre de tranchées hautement numérisée, où les capteurs remplacent les guetteurs, les drones les patrouilles de reconnaissance, et où des algorithmes traitent l’information qui arrivait autrefois par d’autres voies.
Faire de cet instantané une prédiction sur l’avenir de la guerre serait pourtant une erreur. La guerre de tranchées n’était pas le destin de la guerre industrielle. Elle résultait d’un déséquilibre technologique particulier, à un moment particulier. Et ce déséquilibre n’a pas seulement changé les armes : il a touché quelque chose de plus profond dans l’institution militaire, la doctrine. Il se pourrait qu’il en aille de même aujourd’hui.
Le problème n’est pas le risque
Une autre prémisse mérite d’être contestée. Une bonne part du débat actuel sur l’avenir du combat blindé repose sur un postulat implicite de risque zéro : puisqu’un véhicule peut être détecté et détruit par un drone, un missile ou une arme antichar, l’employer ne serait plus rationnel.
Or le risque zéro n’a jamais existé à la guerre. Les soldats pouvaient mourir, les navires couler, les avions être abattus. Les chars pouvaient être détruits par d’autres chars, par l’artillerie, par les mines ou par les armes antichars. La question militaire n’a jamais été d’éliminer le risque, mais de rendre le risque consenti acceptable au regard de l’effet militaire attendu en retour.
La question n’est donc pas de savoir si une plateforme peut être détruite. Elle est de savoir si une force peut l’employer et survivre assez longtemps pour produire l’effet militaire recherché.
C’est là que la guerre numérique lance son défi le plus sérieux. Pendant une phase de l’évolution technologique, la capacité à observer et à frapper a progressé plus vite que la capacité à protéger et à déplacer les forces. L’équation du risque s’en est trouvée déséquilibrée : la concentration est devenue trop dangereuse, la manœuvre trop coûteuse, et la défense a acquis un avantage considérable. Mais les déséquilibres technologiques sont rarement permanents.
La MLV et la reconstruction de la survivabilité
La réponse commence à se dessiner à plusieurs niveaux. Elle tient à la vitesse d’apprentissage militaire (Military Learning Velocity – Vitesse d’apprentissage militaire). La MLV ne doit pas être comprise comme un simple moyen de rendre les blindés plus résistants aux drones. C’est, plus largement, le processus par lequel les plateformes et les unités acquièrent les capacités nouvelles qui leur permettent d’opérer de nouveau sur un champ de bataille toujours plus observé et toujours plus rapide.
Pour un char, il peut s’agir de systèmes de protection active capables de détecter et d’intercepter certaines menaces avant qu’elles n’atteignent la plateforme. L’évolution de systèmes comme l’Arena illustre cette orientation : accroître la capacité organique de l’unité elle-même à détecter les menaces et à y répondre, alors qu’elle dépendait auparavant davantage de couches de protection extérieures.
Mais ce n’est là qu’une couche. Une formation blindée peut aussi intégrer de la guerre électronique, des capteurs, des moyens de lutte anti-drones et de la défense sol-air à courte portée. Des systèmes comme le Gepard ou le Shilka prennent alors une importance qui dépasse la plateforme isolée : intégrés à une formation, ils contribuent à bâtir une nouvelle architecture de protection autour des unités qui doivent se déplacer.
L’objectif n’est pas de construire un blindé invulnérable. Il est de construire une formation capable de survivre. La survivabilité cesse d’être la propriété d’une plateforme pour devenir celle du système. Chars, infanterie, capteurs, guerre électronique, défense sol-air, drones, feux et systèmes de commandement et de contrôle forment les couches d’une même architecture. Chacune réduit une part du risque, aucune n’élimine la menace. Mais leur effet cumulé peut ramener le risque à un niveau acceptable sur le plan opérationnel.
Deux vitesses d’adaptation
L’évolution technologique n’avance pas au même rythme pour toutes les plateformes, et il y a une raison à cela.
Les drones ont bénéficié d’un avantage particulier : ils ont, dans une large mesure, créé leur propre niche de développement. Ils ne partaient pas d’une plateforme habitée conçue des décennies plus tôt. Ils n’avaient pas d’équipage à protéger. Ils échappaient aux compromis historiques entre masse, blindage, puissance, mobilité, ergonomie et logistique qui caractérisent les véhicules de combat habités, comme au poids d’une doctrine établie. Leur développement a donc pu être extraordinairement itératif : une menace apparaissait, la conception changeait ; une contre-mesure apparaissait, elle changeait de nouveau, et le cycle se répétait à une vitesse remarquable.
Les blindés sont dans une autre situation. Leur évolution actuelle consiste pour l’essentiel à adapter des plateformes existantes à un environnement pour lequel elles n’avaient pas été conçues. On leur ajoute des capteurs, des systèmes de protection active, des capacités de guerre électronique, des moyens anti-drones ; on s’efforce de réduire leurs signatures. Dans le même temps, une nouvelle doctrine d’emploi est étudiée et élaborée.
Mais chaque modification a un coût : davantage de masse, de consommation d’énergie et de complexité, avec de nouvelles difficultés de maintenance, de logistique et de mobilité. L’accumulation des ajouts sur une plateforme existante finit par atteindre ses limites. S’ouvre alors la perspective d’une transformation plus profonde : une nouvelle génération de plateformes dont l’architecture est pensée d’emblée pour le champ de bataille numérique. La MLV cesserait d’être un ensemble de capacités greffées sur une plateforme héritée pour devenir un principe de conception.
Du blindé au système de combat
La manière de penser le blindé s’en trouve changée. Le char de demain ne sera pas nécessairement un char mieux protégé. Ce sera une plateforme intégrée dans une architecture beaucoup plus vaste, dont la survivabilité dépendra de ce qu’elle sait faire seule, mais aussi de ce qu’elle peut recevoir, coordonner et partager avec d’autres systèmes.
Le problème ne sera plus seulement d’éviter d’être touché. Il sera de réduire la probabilité que s’accomplisse toute la chaîne qui mène de la détection à la destruction. Être détecté ne doit pas signifier automatiquement être identifié. Être identifié ne doit pas signifier être suivi. Être suivi ne doit pas signifier être engagé. Et être engagé ne doit pas signifier être détruit. Entre chacune de ces étapes peuvent s’intercaler de nouvelles couches de protection, de déception, de brouillage, de vitesse et de décision.
La guerre numérique n’élimine pas le risque. Elle multiplie les endroits où il peut être maîtrisé.
Rendre la manœuvre de nouveau possible
La manœuvre n’a pas disparu parce qu’elle aurait cessé d’être nécessaire. Elle est devenue, temporairement, trop dangereuse. Or, on l’a vu, ni les capteurs, ni les drones, ni les missiles, ni l’intelligence artificielle n’occupent le terrain. Tant que la guerre consistera à contrôler physiquement un territoire, il faudra bien que quelqu’un l’occupe, le défende et, le cas échéant, le prenne à l’adversaire. La guerre terrestre a besoin du mouvement.
Le problème stratégique du XXIᵉ siècle n’est donc pas de savoir si la manœuvre survivra. Il est de reconstruire les conditions qui permettent de l’exécuter.
Ce qui fait naître un nouveau paradoxe : la révolution technologique qui a rendu la concentration excessivement visible pourrait aussi fournir les outils qui la rendront de nouveau possible. Les capteurs amis améliorent la compréhension de l’environnement. L’intelligence artificielle traite des volumes d’information qui dépassent les capacités humaines. La guerre électronique dégrade les capteurs adverses. La lutte anti-drones réduit la menace des plateformes à bas coût. Les systèmes de protection active augmentent la survivabilité des plateformes et la défense sol-air à courte portée protège la formation. Les leurres et la déception créent de l’incertitude, la dispersion réduit la vulnérabilité, et la vitesse permet de ne concentrer les forces que le temps nécessaire pour produire un effet, avant que l’adversaire ne puisse réagir.
La manœuvre de demain ne sera pas forcément celle du XXᵉ siècle. Ce sera une manœuvre conçue pour exister sur un champ de bataille qui ne redeviendra jamais invisible.
Vitesse, concentration et brouillard
Pendant des siècles, la manœuvre a reposé sur trois éléments fondamentaux : la vitesse, la concentration et la surprise. La guerre numérique n’abolit pas ces principes, elle les transforme.
La vitesse n’est plus seulement celle d’un véhicule. C’est celle du système tout entier : la capacité à détecter, comprendre et agir avant l’adversaire.
La concentration ne consiste plus nécessairement à rassembler longtemps de grandes masses de forces. Elle peut consister à concentrer des effets sur des durées très brèves, pour créer une supériorité locale avant de se disperser de nouveau.
Quant à la surprise, elle n’exige pas que l’adversaire ne voie rien. Elle peut tenir à ce qu’il voie sans comprendre : qu’il reçoive une information exacte et en tire pourtant une interprétation fausse, que ses capteurs fonctionnent mais que son système de décision soit trop lent, qu’il sache où nous sommes sans pouvoir déterminer laquelle de nos multiples actions constitue la menace réelle.
Le brouillard de la guerre se transforme donc une dernière fois. Après avoir été subi, il peut être délibérément produit et devenir un instrument de la manœuvre.
Conclusion : le retour
L’histoire militaire n’avance pas en abolissant le passé : elle le transforme. Les armes à feu n’ont pas supprimé la nécessité du mouvement. La mitrailleuse n’a pas supprimé l’offensive. Le char n’a pas supprimé la défense. Le missile n’a pas supprimé la nécessité d’occuper le terrain. Chaque révolution a modifié les conditions dans lesquelles ces fonctions pouvaient s’exercer. L’ère numérique fait de même.
Pendant un temps, la révolution des capteurs a créé un déséquilibre favorable à la défense et rendu la concentration extrêmement coûteuse. La réponse technologique commence à corriger ce déséquilibre, non pour atteindre un risque zéro qui n’a jamais existé, mais pour rétablir un niveau de risque qui rende le mouvement de nouveau acceptable.
Lorsque le risque de rester immobile dépassera celui de se déplacer, la manœuvre reviendra. Ce ne sera pas un retour au passé, mais la conséquence naturelle d’un nouvel équilibre technologique, car la guerre ne peut demeurer indéfiniment dans un état où chacun peut voir, chacun peut frapper et personne ne peut avancer.
La manœuvre n’a pas besoin que le champ de bataille redevienne invisible. Elle a besoin de forces capables de survivre assez longtemps pour le traverser.
Tel est peut-être le véritable changement de paradigme de la guerre au XXIᵉ siècle : non pas la disparition de la manœuvre, mais son adaptation à un champ de bataille défini par la vitesse.







